La escuela donde trabajaba tenía una colección de maniquíes, como los que se ve en los escaparates luciendo ropa. El único problema era que estaban rotos. Habían perdido los brazos, los piernas no se correspondían, manos y pies habían sido robados por generaciones de estudiantes dejando una bolsa macabra de partes corporales. Fascinante y grotesco a la vez. Lo que me parecía curioso era que una figura no fuera más que un mero maniquí. Pero dos o más juntos parecían poder volver a la vida con la posibilidad de crear historias.

Bacon y Beckmann fueron los artistas que más me interesaron en aquella época. Bacon por su intranquilidad preocupante y Beckmann por composición, color y su habilidad para contar historias.

close window - cierre la ventana