En 1990 expuse en una individual en Londres, donde conocí a un italiano y a su esposa que tenían una casa en Italia, la cual alquilaban cuando no estaban ahí. ¡Que oportunidad poder pasar cinco meses en un pueblo en las cercanías de Padova! Me despedí de mis trabajos temporales y puse mis pinceles en la maleta.
Aunque ya había pintado en el sur de Francia, Italia fue mi primera entrada a la luz real. Me obsesioné en seguir su progresión en la casa desde la madrugada con sus neblinas matinales hasta el color suave de la tarde. Mi interés estaba cambiando del juego con la perspectiva, como tema por si mismo, al juego con la luz. Mis vecinos me encontraban un poco raro - y visto en retrospectiva no era nada sorprendente-. A menudo me preguntaban por qué nunca iba a Venecia o Padova pero para mí, las relaciones entre dos sillones antiguos en la esquina de una sala o la luz barriendo una pared era más fascinante. La luz fría y gris que entra por las ventanas en el norte de Europa no es nada espectacular; las ventanas protegen del clima pero en Italia toman otra dimensión. Mi interés por la perspectiva y por las ventanas se unieron y, en 1990, hice mi primer "cuadro móvil". Las persianas están recortadas en formas configuradas por la perspectiva para parecer mitad abiertas/mitad cerradas y, como tienen bisagras, se pueden abrir y cerrar - aunque por su forma nunca parecen totalmente cerradas - Confuso, ¿no? Fue también en Italia donde empecé a interesarme en el concepto Tiempo como tema en si. En La Sombra del Tiempo Pasando, la sombra del dedo del hombre apunta, como un reloj solar, de forma acusatoria, hacia el reloj de bolsillo sobre el sofá. Es un duelo entre el tiempo real y el tiempo creado por el hombre.
Desgraciadamente mis vecinos tenían un perro y el perro, desgraciadamente, tenía dueños que le trataban como mera utilidad. El perro sabía como vengarse con la habilidad fastidiosa que algunos perros tienen de ladrar sin parar durante horas y horas y horas. El maldito perro ladrando me volvía loco.
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