La luz es, por supuesto, un elemento imprescindible en la pintura y, vivir en España me ha dado la oportunidad de aprovechar al máximo la asombrosa luz del Mediterráneo. Los cielos de España han llegado de ser un reto para mí; ¿Cómo captar la riqueza, luminosidad e intensidad de sus colores y, a la vez, representar sus efectos dramáticos sobre la textura de las paredes de las casas blancas que predominan en la zona? Una de las consecuencias de mi fascinación por los cielos ha sido pintar cuadros con las mismas escenas, o en serie durante el día, o en pares que muestran el contraste de la luz deslumbrante del mediodía con la suavidad de terciopelo de la tarde. Como jamas hay un sólo instante en el cual un tema se revele en su mejor momento, a menudo el tema es la misma luz. Para mí, esta es la ventaja de la pintura sobre la fotografía. Una fotografía registra sólo un momento del tiempo real mientras que un cuadro puede ser una mezcla de varios momentos distintos; un recuerdo de la experiencia. Utilizando estos recuerdos, nuestra imaginación puede recrear en el ojo de la mente todas esas imágenes vividas durante el día. Pueden ser imágenes obtenidas mirando en varios direcciones para entender el todo o simplemente observando la misma escena durante varias horas captando los cambios causados por el movimiento de la luz desde amanecer hasta atardecer. En estas pinturas debo escoger y rechazar de entre todo lo que he experimentado para llegar a una síntesis que me permita expresar de una manera tangible mis pensamientos y mis sentimientos.
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